by Lisa Haney

lunes


Comentario, un poema de Tomas Venclova


Lo primero, aunque cueste, es venerar la lengua;

humillada en los renglones de la prensa, en falsas necrológicas,
en sombrías alcobas asfixiantes, en delaciones, en el griterío del                                           
mercado,

en las trincheras, en esquinas malolientes, en infames teatruchos,

en interrogatorios y en paredes de urinarios.

En edificios grises donde alambradas de acero custodiaban
un sinfín de escaleras, donde ya no es el hombre, sino el tiempo,

quien determina cuándo debe llegar el momento de la muerte;

deshilachada, ronca y torpe por el bullicio

y la rabia.
Venerar, pues, la lengua,
exiliada en la tierra con nosotros, de manera

que incluso en ella encuentra su reflejo,

el verbo originario, engendrado en otros universos.
Nos fue dado para distinguirnos de la arcilla,

la palma y el tordo, y tal vez, por qué no, de los ángeles,

para entender mejor las cosas al nombrarlas.


Aquellos que esperan recuperar el espacio perdido

purificando la lengua han de tener muy en cuenta

que el fracaso les acecha en cada esquina.
Porque sabido es que las puertas
se van alejando cuanto más te aproximas a ellas;
el don compensa la pérdida; lo construido
pronto será un montón de ruinas.
Y jamás llegarás a un paraíso extranjero
–porque muchos son los paraísos–. Quien un día lo alcanza

borra sus propias huellas y no tarda en extraviar la llave.


Dicen que no eres más que un instrumento.

Te dicta una fuerza que, si pudieras ver, te dejaría ciego.
No es así, exactamente. Subes en sueños la escalera de Jacob,

a tientas, gastando fuerzas que no tienes, sin red que te proteja,
esperando que alguien te acoja –o no–, allá en lo alto.
Tal vez se ponga de tu lado, y él mismo ordene las palabras,
cambie una vocal, precise la sintaxis, el calificativo.

Pocas veces ocurre, pero puede ocurrir,
y entonces sientes que aquello que has creado está bien,

porque las letras fluyen por el folio como el légamo en el río,

y de pronto aparece el matorral, la ribera y la ciudad tras ella.
Y es mejor que no sepas quién lo leerá (si al final es leído).

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